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martes, 9 de noviembre de 2010

Hombre al agua

Era hora...
Lejos, muy lejos de poder ser considerado como parte de alguna forma de justicia divina (la cual, desde mi punto de vista, no existe... ya que la sola aparición y permanencia de estos tipos exime de toda tediosa argumentación) ayer sucedió lo que tendría que haber ocurrido hace 85 años atrás, en el mismo momento de su puto nacimiento: murió Massera.

Soy muy malo para las fechas, pero quien tenga ganas saque la cuenta... Cuando el "turco de mierda" (imagino que ya saben de quién se trata) dictó el indulto a estos garcas aspirantes a próceres, a estos animales sobredotados de soberbia, a estos asesinos que se cagaron hasta en la misma probable "idea de Dios" (¿20 años atrás...?) imaginé que lo único capaz de matarlos sería la tenaz insistencia de sus propios "fantasmas", es decir, de algo que viniese a oficiar como venganza colectiva, donde cada uno de sus millares de muertos, abroquelados y juntos, golpearan en ese cerebro desquiciado con el poder de una aplanadora hasta que no le quedara otra que volarse los sesos.

Fue entonces que escribí este cuento...
  

*   *   *   *   *   *   *

Hombre al agua

Era cuestión de magia que el tipo ese estuviera parado sobre la baranda oscura del río.
La noche, una noche espantosa envuelta en su presagio de tempestades furiosas e inmediatas, con vientos que venían resoplando como búfalos desde la aparición del mundo, se entretenía en agitarle la camisa, en hincharle el pecho hasta lo increíble. Eran vientos que silbaban entre los asustados árboles de la orilla con voces finales, si hasta suena a mentira que lo único en caer y rodar fuera la gorra, una vieja y absurda gorra abandonada a su suerte, apenas un bulto en ese fragor de hojas muertas, basura y podredumbre.

    Arrímese, compadre. Todavía queda lugar.
Una tienda improvisada a la vera servía de refugio a un grupo de pescadores. Un toldo de lona lleno de agujeros y cuatro tabiques de nylon, un farol alimentado a garrafa que colgaba de un tirante, el ambiente viciado de humo rancio y grasa en donde se destacaba la parrilla con algunos chorizos mal cocidos, y un gato que deambulaba entre latas de cerveza y damajuanas vacías. Eso era todo.
El hombre había entrado a la carrera, portando un termo bajo el brazo y un mate. Lucía una boina descalabrada en la cabeza, el agua le chorreaba por la orejas, y para peor se la había apagado el pucho.
— Al menos… puede que ahora cambie y haya mejor pique — dijo, por decir algo.
    Siempre es así — agregó el otro.
Un viejo apareció por encima de su hombro, un poco más atrás, empinando un vaso cargado con vino de un rojo dudoso. Le dio un trago furibundo, sin etapas, y después se quedó algo triste, como mirándose en el vidrio. Suspiró hondo. Fue entonces que murmuró;
— Como decía mi amigo Gregorio, linda noche pa’ mujer o pa’ velorio.
Un muchacho rubio se apresuró a encender la radio. Adentro del aparato una orquesta se esforzaba en tocar Invierno Porteño, o algo que se le parecía bastante, entre tanto carraspeo de fuelles, violines y mala sintonía.
    Qué le sirvo…
El gordo no preguntaba. Mas bien ordenaba, obligaba. Apareció, de la nada y de golpe, llegando por el cortinado del fondo con varias cajas de hamburguesas y otros paquetes entre las manos. Recién ahí el otro reparó en haber visto un taxi estacionado bajo la lluvia, la silueta oscura recortada contra las luces del Aeroparque. Imaginó los bultos manchados de aceite, el olor a neumático impregnado en el pan, el enchastre del hielo derritiéndose entre la mugre del baúl cerrado.
Aquello le arrancó el apetito.
    Una cerveza — dijo.
El gordo lo miró de reojo.
    ¿Y para comer, qué? — Conocía su oficio.
    Si no hay nada mejor… deme un chori.
“Seguro que a esta mierda le llamás derecho de permanencia, gordo hijo de puta”. El tipo buscó bajo el tablón y sacó una cuchilla y un tridente. Cuando atacó la parrilla se oyó un crepitar salvaje, y una gruesa voluta de humo se elevó en el aire y quedó atrapada allí dentro. No supo bien si debía quedarse o salir a que la lluvia lo aplastase. Le empezaron a arder los ojos, enseguida el paladar.
Una ráfaga de viento irrumpió del lado del río, llevándose buena parte de aquel sopor, forcejeando entre hendijas y ataduras de piolines. Se soltó un ángulo del mantel de hule y fue necesario sujetarlo con un pesado frasco de ajíes sumergidos en vinagre. El gordo pasó un trapo pringoso, más sucio aún que la mesa, antes de apoyar el pan.


A cada golpe de viento el tipo ensayaba una nueva forma de equilibrio, se aferraba divertido a cosas inexistentes que veía pasar a su lado, armaba un revuelo de brazos y dedos crispados y uno podía jurar que se vendría debajo de puro borracho nomás y no, ahí la saliva del monstruo voraz e insomne que es el río le mojaba la cara, lo golpeaba en la cara, ahí la noche abría su garganta para tragarlo, y no.


Las palabras se empezaron a enlazar con cierto desgano, primero, en torno al tiempo; luego fueron derivando hacia temas afines, las variedades de anzuelos y carnadas más propicias, ya sea para la captura de un bagre, un pejerrey o lo que fuera, y cuando éste se hubo agotado o caído por desidia le llegó el turno al recuento de epopeyas inverosímiles, de vibrantes y exasperados sucesos cuyo final no podía ser otro que magníficas piezas colgando de la caña. Como la que suscribió uno que aseguraba haber sacado un tiburón azul con cebo de cornalitos en la zona alta del Pilcomayo, allá por el 59’, y la de un correntino que, para no ser menos, juraba y recontrajuraba por su madre muerta haber agarrado en pleno Paraná-Guazú un dorado, un pez que en esa zona no hubiera asombrado a nadie de no haber sido porque, al abrirlo para limpiarlo y embalsamar, le encontraran enrollado el manuscrito original de los Cuentos de la Selva, con firma de puño y letra del mismito Horacio Quiroga, viera usté mi amigo.
La carcajada general no tardó en llegar.
— ¡Va a ser bien jodido matarle el punto a esa, compañero…! — dijo alguien.
— Son patrañas… — agregó el tipo del tiburón, herido de muerte.
— Que Mandinga me guampée ahora mismo si es que yo miento, che señor.
Como por reflejo, todos miraron hacia arriba; de algún lado estaría al caer un rayo.


— ¡Dios, carajo, agarrame si podés…!
Y Dios o lo que fuera le mandó la lluvia, una lluvia violenta y negra que rasguñó los murallones, que desnudó las ramas con un estrépito de hielos verticales, mientras el loco seguía allí riendo y trastabillando en esa finísima cuerda de piedra que separaba los elementos de la noche, con el río hambriento allá abajo estirando sus manos de agua y barro, dispuesto como nunca al abrazo letal.


    ¡Hombre al agua! ¡Hombre al agua…!
El grito llegaba apagado, húmedo, confundido entre los pliegues del temporal. Cuando uno de los hombres se asomó, pudo ver que alguien venía corriendo desde el espigón, haciendo un esfuerzo tremendo por evitar que el aire enloquecido no lo volteara. Ninguno hablaba, y ahora se lo podía oír con más claridad.
    ¡Hombre al agua!
El correntino fue el primero en persignarse.
    ¿Qué pasó?
    Cayó al agua, yo lo vi, se cayó y…
    ¿Quién era?
— No sé, estaba ahí, al fondo del espigón, estaba parado en la baranda, yo lo vi…
    Hay que avisar a la policía.
    ¿Adónde…?
    No sé. Ahí hay un auto… ¿De quién es?
—Mío — dijo el gordo, y gambeteó el convite— Tiene una rueda baja. Además, por lo que veo, es inútil; hoy el río no devuelve a nadie.


El hombre, enteramente loco, daba unos pasos y se erguía; riendo locamente tambaleaba al empuje de algo aún más vacío que la muerte, alzaba los brazos y se colgaba de la noche para no caer en el abismo de la noche y de ese río insondable.
    ¡No tenés huevos, jetón, viejo de mierda…!
Gritaba ahora con el cuerpo inusitadamente rígido. Era un espantadioses clavado a la baranda, los brazos laterales girando como aspas, la risa allá lejos, los ojos en un lejano allá donde Dios o lo que fuera mordía sus venganzas. El pelo ceniza trazaba surcos de látigo en la noche maldita; todo él era un mascarón viviente en la proa del mundo.


Créanme, no estoy loco, no señor, yo no estoy loco, pasa que jamás pensé que llegaría a ver con estos ojos algo tan horrible. Porque fue horrible, fue… cómo decir… la peste… no, ni siquiera… no sé, no sé cómo llamar a eso. El hombre se cayó al río sí, yo lo vi, se cayó. Pero antes… antes… ¿ustedes vieron la tormenta? Entonces habrán visto también la forma, la… no era normal… el río, digo. Parecía furioso, parecía… como si el tipo lo estuviese desafiando con sus saltos ahí en la baranda, sí, eso parecía. Pero no era el río, no señor, era otra cosa. Eso lo supe después… lo supe cuando empezó la luz… Ustedes no me van a creer, una luz azul que venía de allá abajo, de lo profundo del río. Era una luz que crecía, no brillaba, solo crecía. ¿Cómo decirlo?, no estoy loco… empezaron a oírse unos ruidos, unos ruidos como… de gente que camina, sí, el hombre seguía saltando y gritaba cosas, y también se reía, sí, se reía muy fuerte, yo me acerqué un poco más pero igual todavía estaba lejos cuando pasó aquello… se oían esos ruidos y de pronto empezaron los gritos, unos gritos horrendos, como de… como de tortura, sí, eso, eran como de tortura los gritos y el río saltaba y la luz crecía cada vez más, y el viento soplaba con más fuerza todavía y el tipo bailaba ahí arriba, estaba loco, eso creo, debía estar muy loco para quedarse allí con esos ruidos y esos gritos y esa luz, y el viento y el agua tan cerca… y entonces fue que empezaron a aparecer ellos… empezaron a llegar con la luz del río, ellos eran la luz del río, la traían encima, sí, eran muchos, muchos… y cuando todos salieron del agua vi que eran miles, eran miles allí en silencio y esos gritos que subían del agua, y en un momento alzaron las manos todos juntos, sí, y yo vi que no las tenían, lo juro, no tenían las manos… y el hombre se quedó callado de golpe y me pareció que temblaba, ahora temblaba y callaba y ahí fue cuando ellos lo nombraron, lo llamaron por un nombre, ellos lo conocían y él los conocía a ellos, lo llamaron todos juntos, Emilio dijeron, sí… y el tipo se apretó los oídos para no escuchar más y no pudo, eran el viento y el río, la luz y ellos llamándolo, y entonces saltó, sí, saltó al agua, yo lo vi, se tiró y el río lo fue tragando despacio, lo tragaba con placer, sí, con placer… y ellos empezaron a bajar al río, la luz empezó a bajar con ellos y en un instante todo fue silencio, sí, a pesar del viento y de la lluvia que caía todo fue un terrible silencio, por eso digo que vayan y avisen, si quieren… pero yo no creo que lo encuentren, no, no creo que lo encuentren nunca. 


*   *   *   *   *   *





jueves, 21 de octubre de 2010

El blog, una especie de ecografía

Allá por el mes de enero, exactamente el día 22, envié a mi reducido grupo de amigos incondicionales un mail... con el germen de lo que, deseaba, fuese mi primer libro.
Pasó el tiempo, la idea fue fermentando y ramificándose al punto de que ya no solo palabras, sino imágenes bellísimas se fueron acomodando entre sus páginas, como una suerte de repostería amable al paladar y a los ojos, producto del entusiasmo y el talento de varios de aquellos embarcados en la tarea de empuñar sus pinceles.
Recientemente, la noche del 5 de octubre, otro más de los quijotes sumados en el entuerto me comunicó que este sueño había por fin entrado en imprenta.
El momento, salvando algunas innegables distancias, me recordó de inmediato aquel otro en el que una sonda explorando la abultada panza de mi mujer de entonces reproducía, en una pantalla, los agitados movimientos de quien ya era mi hijo.
Ahora mismo se me ocurre soltar algunas señales de lo que viene. Pequeñas muestras que indican que algo mío, nuevamente, está al nacer.
Y cuando ello suceda, pensaré en el próximo paso, de acuerdo a aquella especie de axioma que alguien planteó una vez, ya convertido en dicho popular: plantaré un árbol.
Y así quedará satisfecha mi estadía en este mundo...

Laura


Lo primero que ves... son sus labios
unos labios pulposos, de aguaviva
delineados a pulso por la marcha
del tiempo y su aspereza, que no pudo
borrarle ni una gota de su rosa
color predominante
ni su brillo ni su jugo
punto y aparte.

Luego llegan los ojos, miel y tierra
que miran como miran las fogatas
iluminando y moviéndose en marejadas
una sinuosidad como de médanos
en sus líneas
que parecen temblar aún sin hacerlo
casi tristes pero vivos
a la sombra de unas hebras menudas

Los arcos de las cejas, un enigma
frondosos y enojados, qué mentira...
si bastan tres palabras para verlos
saltar en siete patas
estallando de risa por la cara

Una nariz precisa y pequeñita
infantil en sus suaves redondeces
donde solo cabe el aire necesario
lleva un brillo ajustado y elegido
un detalle sutil
que la engalana

La frente amplia, vísperas de su pelo
que llueve negro y raudo por sus lados
finísimos, salvajemente amenos
creados para el tacto de quién sabe
los besos de quién sabe
solo ella

Y así, mirándola, pasa la tarde...

pienso el atajo preciso de su pecho
la estrategia de traerla hasta mis días
la manera de estamparla en los recuerdos
de sumarla al contingente de estaciones
que se vienen
ya volando
con los días
ya próximos

*   *   *   *   *   *

sábado, 16 de octubre de 2010

Pequeña guía de uso para visitantes

Antes que nada, nobleza obliga, te doy la bienvenida junto con un efusivo gracias por haber visitado mi sitio.

Este ha sido creado con la intención de dar a conocer algunos de los textos e ilustraciones que conformarán mi primer libro de pronta aparición, "Botellas boyando sobre mares de niebla", en sus variantes de poemas, cuentos y algunas letras de canciones.

Sobre el margen izquierdo, aparecen los escritos propiamente dichos. Al final de cada uno de ellos, aparece la información O comentario. Si llevás el cursor del mouse hasta encima de dicha palabra aparecerá la ya conocida "manito". Hacés click entonces y se abre un cuadro de diálogo donde podés escribir la impresión que te causó el texto. Al terminar de escribir, por favor poné tu nombre, porque si no me aparece como anónimo.
Una vez escrito, donde dice Comentar como-seleccionar perfil hacé click en la flechita derecha. Te aparecen una serie de indicadores. Hacé click en Anónimo.
Finalizado el asunto, hacé click en Publicar un comentario

Junto a la palabra comentario, además, se ven unos cuadritos. Sirven para compartir con algunos sitios fuera de esta página. (facebook, twiter y algunos más)

Sobre el margen derecho, y casi llegando al final, aparece el listado completo de los escritos aquí volcados. Haciendo click sobre cualquiera de ellos lográs el acceso inmediato.

Hay además un ítem titulado Seguidores. Hacés click allí y, sin necesidad de escribir nada (hay gente a la que le cuesta hacerlo) yo sabré de tu paso por este lugar.

Por último, si querés comunicarme algo por fuera del sitio, podés hacerlo escribiendo un mail a la siguiente dirección:

carlosraulaguirre@yahoo.es   

que es mi correo de uso habitual, o bien al que figura en el encabezado de esta página

carlosraulaguirre@gmail.com  

Creo que es todo por ahora. Ya notificaré a los interesados la fecha de aparición de este trabajo.

Nuevamente, muchas gracias

*   *   *   *   *   *

Línea de partida

Elegí este poema para dar comienzo a la historia, una especie de declaración de principios,
un anticipo acerca de cómo viene la mano..


Línea de partida


Deja que la tinta avance
hacia donde quiera
más allá de vos
que persiga su mundo

de estrellas o ciénagas
sin prisa

y si solo piensa
en escribir "maceta"
déjala
por algún lugar se empieza
( aunque no lo creas
ya se siente
su olor de flores)

No habrá deriva ni naufragio
la palabra no mata

lo que mata es el puño
la bala ya estropeada al inventarse
el odio que antecede al latigazo
en la espalda de un nadie
el silencio que alberga
asesinos y crápulas de escritorio

Deja que la tinta avance
y si quiere escribir cielo... déjala
no se lo llenes de nubes
ni rayos ni estruendos
porque cielo, así solo y despojado
es un hermoso signo allí colgado
que si lo dejas fermentar un rato
enseguida
se te llena de pájaros

No habrá oscuridad de las que asustan
y aún más, si dejas clavados
los ojos
aparecen las hojas y las ramas
puede que no en ese orden
y qué importa

el balanceo de un pino allá en lo alto
y aún más, desciende despacio
y los nidos aparecen
y los nudos de cortezas apretados
en las bifurcaciones de los rumbos
que eligió la savia en su vorágine
de luces y de aire a bocanadas

Déjala ir, entonces, no la apures
que se piense a sí misma
que se estanque en su duda
de aquí o de allá y que prosiga
soltando sus palabras
a cuentagotas de piedra
porque habrá de saber
que la mano que la lleva es de hombre

y será ese hombre quien la sujete
si se desvía demasiado
del camino

viernes, 15 de octubre de 2010

De sirenas y peces

El suicida adolescente
se encarama a la barandilla
del puente de La Boca.

Desde su posición altruista
se divisa el río majestuoso
con sus cáscaras de nuez crepusculares
sus lejanos y somnolientos
bramidos de aceite
sus temerarios surcos
grises.


Desde allí abraza las íntimas
las pintorescas
las melancólicas
terracitas de Maciel
con su batifondo
de sábanas gastadas
sus tablas de lavar
canillas rotas
sus gatos espectrales
impregnados de hollín

El suicida se regala un último atisbo
una última reseña de horizontes
una última chupada al cigarrillo
y al través del humo
sobre él
o en él
adivina una orilla en el recodo
y una blanca mujer que se descalza
se libera la ondulante cabellera
se despoja
de ya inútiles vestidos
y se tira, y la recibe, y se la traga
el agua negra y fangosa
del Riachuelo.

Y mientras el vacío lo circunda
ruega
que no sea
demasiado tarde...


*   *   *   *   *

Soliloco (tango-canción)

El tipo se sentó pegado al ventanal,
"las cuatro... y qué más da", pensó para pensar
bebió de algo feroz, algo para olvidar,
algo para arrancar
la ausencia de esa voz.

Miró temblar su piel, oyó partirse un sol
y entró en ese país que había dentro de él,
añicos de cristal, jirones de un ayer
pedazos de un amor
sangrando en el papel.

El tipo se tragó de un saque la verdad
se dijo... "nunca más... y cómo pudo ser
si tengo para vos toda la inmensidad
toda la insensatez
toda esta eternidad..."

El tipo se largó por calles sin después,
la noche sin cuartel, el humo y el alcohol,
y supo que gritar sabía algo mejor
y supo que llorar
tenía algo que ver.

Y entonces se piantó... rió sin saber qué,
sin verla la abrazó, la nombró sin querer,
fantasmas de humedad goteando en la pared,
"adónde regresar si no es para volver".

El tipo descubrió que empieza a amanecer,
que el tránsito, el pregón, la luz y el otra vez,
qué te voy a contar, ya casi lo sabés,
el tipo que soy yo, lo ves
se fue...

*   *   *   *   *

jueves, 14 de octubre de 2010

Buenos Aires, 1994 (canción)

Era la tarde de un día cualquiera, casi anocheciendo, y andaba de paso por Parque Lezama.
Un pibe de no más de diez años, de flequillo sucio y ropa andrajosa se me acerca y me pide un cigarrillo. Le digo que no, que es muy nene para fumar, que no se cague la vida tan pronto, que espere, y otras boludeces por el estilo.
Me miró con mirada de hombre, se rió un poco y como quien no quiere la cosa sacó algo del bolsillo del pantalón y se puso a jugar, abriendo y cerrándolo, un objeto que brillaba.
Cuando observé bien, entendí: era una navaja.
Lo miré feo. Entonces, murmuró algo que nunca descifré, dio media vuelta y se perdió en la barranca.

Todavía perplejo, ahí mismo empezó a darme vueltas este tema, sumergido en varios otros hechos que enmarcaban la situación descripta, en aquel año fatídico.
El gobierno del turco de mierda, el atentado a la AMIA, y hasta la salida de Maradona del mundial de EE.UU , sujeto a la mano de aquella enfermera ... la creciente llegada de inmigrantes vecinos, limítrofes, la desocupación camuflada en épocas del "deme dos"...
Salió esto.

Hay un niño en la hojarasca
de intemperie y madriguera
lejos... un barco que zarpa
cierta ráfaga y sirena

hay un titular de furia
de presagios que envenenan
hay un prócer cabizbajo
blancos los ojos de piedra

una musa de chambergo
y azabache cabellera
hay una lluvia escarlata
hay un sol de mil hogueras

una copa de cristal
una estampa de marfil
hay el humo, el basural
antagónico y sutil

hay un éxodo inmigrante
Potosí de plata nueva
hay un dios blanquiceleste
que repliega una bandera

Hay un tango y un farol, hay máscaras de sal
hay carne de cañón, hay dosis para andar
hay trizas y explosión, y un gol para gritar
hay pan para durar
hay hambre
 para respirar

Hay un niño en la hojarasca
de navaja siempre alerta
lejos... el día que avanza
su sarcasmo y panacea

multitud clasificada
caravana en la miseria
horizontes de neblina
vieja y prometida tierra

Hay un tiempo de sembrar, un tiempo de insistir
un tiempo de inventar, un tiempo de vivir
un tiempo de avanzar y uno de resistir
un tiempo de aguantar
un tiempo
para no morir...

Texto de contratapa

"Una botella boyando en búsqueda de alguna orilla remite de inmediato a un naufragio, pero también a una supervivencia. Cuánto más si esos cofres, sueltos uno tras otros a intervalos de un suspiro, cada cual con su manuscrito borroso en su panza de vidrio se sitúan estáticos en el vaivén de la niebla, a la espera de los eternos cazadores de mariposas, capaces de interesarse y armarse de su siempre dispuesta red y pegar los sucesivos saltos en las pelusas del aire para llegar a ellos y atraparlos.

Historias breves, un repetido y tozudo deseo de lo posible, ausencias y gestaciones, un casi tanteo de pasos en la oscuridad de una página vacía. Como trizas de un mismo espejo, no roto sino partido a voluntad, en donde cada quién logre descubrir algo, tal vez mínimo, de su propia imagen".

Claroscuro

Yo lo ví...

En su mísero cuartucho de Almagro
la radio enloquecida de volumen
el siete bravo
sucio de pisadas sucesivas, huella 43
cartas amarillas en sobres amarillos
sobre la cama revuelta
un malvón florido en la repisa
cubilete y monedas
boletos ajenos
revistas enigmáticas
en clave de punzones
camisa, pantalón y servilletas
en el piso
cassettes desperdigados
o haciendo malabares
de torres demenciales en la mesa
despelote
visible y ordenado sobre el piano…

El ciego
sonreía y puteaba orgulloso
por no encontrar las llaves
que yo, borracho
escondí adentro
de su vaso de vino.

Taquito de alfiler (tango-canción)

Me llega tu silueta, enamorada
de mi silla, mi lámpara y mi suerte,
tus ojos sin cristales ni plegarias,
tus manos
hijas del miedo
y la nostalgia,
tus manos... siempre,
tus manos... nada.

Me llega tu silbido cotidiano,
me llega desde adentro, como un beso
que no desnuda amor... no da reparo,
me llegas,
me llegas siempre,
llegas y callas,
mujer silencio,
mujer hermana.

Soledad,
hoy no esperes de mi complicidad,
hoy tracé nuevos surcos en mi voz
y agito una razón... y agito una ilusión.

Soledad, es mi sangre que retoma su caudal
la que arrasa los puentes del dolor
y engendra un corazón,
y salva un corazón

Soledad,
parirás nuevos hijos de este adiós
y de rostros sin huellas sembrarás
mi cama y mi mantel,
el vaso y la pared,
mas no regresaré,
mas no regresaré
atrás...

Foto de contratapa

Foto: Marcelo Valsecchi


Estábamos en el bar "La Puñalada", en Defensa y México, barrio de San Telmo, donde mi amigo Jorge Molina realizó uno de esos trabajos a los que nos tiene tan acostumbrados, hermosamente descomunales, en donde se conjugan sus talentos simultáneos de muralista y fileteador porteño.
La cita entonces consistía en que nuestro amigazo y compañero músico (y por si fuera eso poco, y encima, fotógrafo) Marcelo Valsecchi, iría con su cámara digital, su trípode y sus pantallas de telgopor a registrar cada uno de los detalles, con el clima de luz apropiado, para engrosar el archivo del pintor. Y si quedaba tiempo, aprovecharíamos la sesión para tomar un par de fotos con la idea de seleccionar alguna que vaya a parar a la contratapa de mi libro.
El tiempo fue escaso, pero la buena puntería y mejor pulso del artista generó esta imagen que aún a mí mismo, que me conozco bastante, me cuesta todavía asumir como propia...
Un aplauso para Marcelo, che...!

("¡¡Y otro para el que inventó el Photoshop...!!", según palabras de otro amigo, Pablo Arditti... ja )

miércoles, 13 de octubre de 2010

Acuarela urbana

Marcela Motta




El viejo está sentado en su sillita de mimbre
con el solcito de abril
meciéndose en sus piernas.
Sabe que solo restan escuálidos minutos
hasta que el astro errante se esfume
detrás del edificio de enfrente.

Un perrito lanudo le afana una chancleta…
Qué importa. El viejo mira el tránsito que baja
como un río de fierros, de goma y bocinazos,
de puteadas efímeras que son casi un saludo
en éstos días.

Y en el corto trayecto de este palabrerío
la mole de granito ya se morfó la estrella.

El viejo chupa el mate, grueso, montevideano,
se levanta, se calza la gorra veterana,
agarra la sillita, la afirma en su siniestra
y mirando al lanudo
le apunta a la cabeza.

Tapa del libro



Jorge Molina

Ginebra y tic nervioso

(De cómo Juan Nicanor Cabrera, alias Calefón, argentino, de 37 años de edad, acusado de asesinato en perjuicio de la señorita Dolores Benavídez, argentina, de 32 años, se embarró hasta la manija cuando le llegó el turno de dar su propia versión de los hechos)



                                     Oiga, boga, pare la mano;
                                                       cuando yo la maté ya estaba muerta…



Cómo no, querido, lo que usté mande que para eso es el juez. Pero fijesé qué cosa rara, ahora que lo pienso de entrada nomás lo tuteo y le encajo un querido como si tal cosa, vio, es que me cae simpático, coincidencia que le dicen, siempre me lo hacía con ese peluquín canoso en el balero y me cagaba de risa solo, no se me ofenda jefe que ahora lo estoy tratando de usté o sea que en el fondo lo respeto. Y ya que estamo entrando en confianza le voy a dar un consejo, sáquese el trapo negro ese de encima y póngase cómodo, livianito, no sea cosa que se me derrita en el medio del chamuyo, mire que esto va para largo y con el calor que hace acá adentro va a quedar hecho morciya, qué barbaridá, con la guita que tienen ni pa’ ventilador.
Oiga, entre nosotros… ¿le jode que le diga querido? No me ponga cara de ojete, se lo pregunto en serio porque yo sé que hay gente que le cae mal, pero qué le voy a hacer, a mí el querido me sale espontáneo, no lo pienso. No digo, por ejemplo, a este coso le voy a decir querido. Para nada. Me sale y listo. Será porque allá en Padua todos somos querido, todos, bah, salvo el tordo y el comisario, a esos se los trata de don, sabe, de puro cagazo, no sea cosa que a uno le encajen la pichicata y lo tengan que embalsamar, o lo dejen enjauláu para el resto de la posteridá.
Está bien, está bien, abrevio. Usté quiere saber lo que pasó la noche del catorce, bueno viejo, dejemé sentar un rato porque si no me acalambro, es algo que arrastro de pibe, los calambre y los tic nervioso, en cuanto me agarran no paro más, me salen pa’ cualquier láu, me tiembla el ojo y ahí nomás hago la venia, si no me cree vaya y preguntelé al… sí, sí, cómo no, abrevio.
Carajo, qué carácter. Usté sí que sirve pa’ juez, querido, yo no podría por más que quisiera, a mí enseguida me da por la joda y eso es quilombo seguro, yo metería en cana a medio mundo de puro jodón que soy nomás, pa’ no aburrirme. ¿Usté no se aburre si…?
Ta’ bien, no me grite y espere que me acuerde, a ver, la cosa en realidad empezó un día antes, cuando la conocí a la puta esa en el bailongo de la Sociedá de Fomento, ¿que modere qué?, ah sí, entiendo, faltaba más, le decía que todo comenzó cuando vi a esa dama aquella noche nefasta, ¿así le gusta?, bueno, esa noche cerca de la una masomenos entró la loca que era una pinturita, imaginesé, toda fiestera, una mina descomunal, ahí nomás me dije Calefón déle, amasije sin piedá, y entonces encaré para la mesa donde la guacha se había puesto a liquidar un wisqui. Ah… sí, qué le va a hacer, es que la labia se me va sola cuando me acuerdo, decía que ahí nomás me le planté sin darle bola al pelado que le aguantaba el trago, y le largué la frase matadora que me enseñó el Picaflor Varela, un amigazo, esa que uso siempre y las deja a todas servida en bandeja, escuche y aprenda; "Bienvenida a mis ojos…" le dije, mirándola así, ¿ve?, usté sabe, si se las mira así después de semejante frase seguro que se abren de gambas, fija, y ésta no iba a ser la esepción.
Pero fijesé, usté no me va a creer, la muy turra se puso en difícil. Hizo una mueca como si le cayera mierda en el ojo y se largó a preguntarle no sé qué cosa al pelado. El punto ese me miró de arriba abajo y algo feo habrá calado, porque salió disparado con la escusa del baño y después no lo ví más, no lo ví más hasta la noche fatídica, já, cazá la glosa, la fatídica noche del catorce, pero qué bárbaro, che, usté se junta con el Picaflor y al rato ya está adiestráu pa’ poeta…

(Fragmento)

Los días de millones de años


      Entra el mundo por el atajo limpio de los ojos. Toma el ancho camino de un nervio que late, que elástico aprisiona y escupe hacia adentro las formas que están allí para ser tragadas, almacenadas en espacios intangibles y aún vacíos, un sitio donde bien cabe todo ese mismo mundo.
     Entra, desordenado y sin membretes, y una vez adentro se expande hasta golpear los muros de niebla donde reverberan las sílabas futuras.


I- La memoria

Despertó, y aún no había amanecido.
Encaramado en el follaje, agazapado y alerta, sintió que era el mismo viento que venía del lado de las tierras altas quien habría de teñir aquellos bordes escabrosos con el color del agua que escapaba del vientre de las bestias, el agua espesa que una y otra vez, movidos menos por instinto que por curiosidad, ellos habían visto fluir allá abajo, mientras los colmillos despedazaban la carroña en un tumulto de manadas hambrientas, y aún después, cuando los más arrojados bajaban presurosos a rescatar los despojos todavía calientes.
Animado de un impulso absurdo se dio a torcer la rutina habitual del descenso (la búsqueda entre inmediata y silenciosa de las bayas que calmaran su despertar voraz) y emprendió el camino inverso, aferrando una por una las ramas que iban apareciendo sobre su cabeza, trepando más y más hacia lo alto, hasta que solo tuvo encima el aire todo y aquel río donde brillaban los ojos apiñados y titilantes de millones de peces que sus dedos estirados hasta la furia no alcanzaban a tocar.
Alrededor, la selva era un inmenso y suave oleaje que rompía, verde, oscuro, contra la espina dorsal del monstruo dormido, el vedado territorio de piedra e intemperie donde ellos jamás se aventuraban. Miró hacia allá, y entre el alboroto de graznidos lejanos vio crecer, lento, aquel resplandor tenue que espantaba los peces, y anticipó por primera vez el arribo de la luz colosal, el ojo único que quemaba los ojos allí mismo, entre los picos. Y cuando al cabo divisó esa porción mínima de anillo se agitó con júbilo, y estremeció la fronda con chillidos y ramalazos y se golpeó el pecho con puñetazos casi enfurecidos.
Los más cercanos de su grupo, atemorizados, retrocedieron.

II- El placer

Abrió la mano, la cerró. La volvió a abrir, la volvió a cerrar. A cada movimiento se entretenía identificando las líneas, nunca iguales pero siempre parecidas, que los pliegues de la piel encallecida iban dibujándole, las matas de pelo rígido, las uñas sin forma. Ensayó el mismo juego con la otra mano. Deslizó una yema robusta sobre la palma tajeada de surcos, rota, y mirándose absorto se tocó la punta de los dedos entre sí; los movió en conjunto, sin autonomía, con una insistencia abúlica que terminó por encajarlos unos en otros. Alzó el brazo y sujetó una horqueta. La quebró con un giro brusco, oyó el chasquido de la rotura, la atrajo hacia sí. Volvió a mirarse ahora el contorno de sus nudillos, los dedos firmes aferrando todos a un tiempo ese trozo arrancado, la espesura salpicándole la cara a cada golpe dado brutalmente contra el ramerío, hasta que al fin se desatendió y, soltándolo, lo vio estrellarse contra los troncos y desaparecer entre los matorrales.
Bajó por fin, en un balanceo sigiloso y contenido, y se dispuso a tomar alimento. De los frutos que aún colgaban de las cepas más bajas escogió los más brillantes, empapados como él de un rocío reciente, y los deshizo a dentelladas precipitadas, sintiendo el jugo chorreándole por los costados de la boca, y en esa misma avidez se llevó los dedos a recuperar el enchastre de almíbar que le corría por el cuello, por el pecho velludo, en un gesto largamente repetido de la especie pero que en aquella mañana comenzaba a liberarse de su causa, y en su tosquedad se apoderaba de un motivo que le era propio, ajeno al hambre y a todos los desvelos arraigados en el afán de sobrevivir.
La lengua hurgó los recovecos de la coraza, untó el paladar, persiguió toda la extensión de sus labios gruesos como peñascos. Chupó cada uno de sus dedos hasta que solo recibió el hedor de su pelambre, la suciedad honda  de esos días en que el sol vomita todo su aluvión de fuego y los predadores buscan el amparo umbroso de la selva, y ellos se atrincheran allí arriba, en su escondite de hojarasca y oscuridad.


III- El caos

Las aletas de la nariz se le abrieron formando dos círculos cuando la primera de las ráfagas pasó sobre la superficie, y el ruido sostenido de las hojas entrechocándose se confundió con el griterío de la manada.
El aire era entonces un cúmulo de olores remotos, un remolino de señales difusas y mordientes que pasaba atropellando las copas y le asestaba latigazos cada vez más violentos en los márgenes del rostro, le obligaba a mirar por las hendijas la vastedad de ese otro territorio que comenzaba más allá de la franja líquida y fresca donde moría la sed. Y lo que vio a lo lejos lo desconcertó: una escama precisa, ahora incandescente, supuraba en el lomo de la bestia, exhalando una bruma oscura, sólida y vertical que una vez alta se desarrollaba en vaivenes hasta hacerse un todo con el cielo infectado de nubes ominosas y polvo. Y más aún lo desconcertó la estampida de colmillos y cuernos por el llano, las numerosas bandadas de rapiña que cobraban altura y pasaban raudas sobre sus mismos ojos, sin verlo.
Chilló.
De a uno fueron emergiendo desde la espesura los otros, un repentino sembradío de cráneos orientados todos hacia aquel misterio. Por un instante, la tierra se sacudió con un temblor ligero, que se transmitió a las raíces y ganó las fibras vegetales, bifurcándose en itinerarios de vértigo hasta alcanzar los orificios de la piel, como una picadura.
Era bien simple: lo inusual tenía entonces la forma del peligro. Y fue así, mientras los más jóvenes y ágiles se precipitaban como un cardumen entre las ramas, y los más viejos saltaban desesperados hacia las matas más bajas buscando el suelo liso que seguía el curso del arroyo, que sucedió: el rugido simultáneo de todo un cosmos de animales hambrientos rebotó en la tarde con fragores de pánico; la montaña enloquecida y magnífica soltaba a los confines gruesos escupitajos de piedra incinerada que caían sobre los pastizales, incendiándolos, y él, hechizado, atenazado a las cumbres bamboleantes no lograba más que asentir con sus pequeños ojos a esa nueva maravilla, tragándose todo ese universo ignorado que explotaba frente a sí con la fuerza del origen, de lo que ahora mismo estaba creándose para siempre.
Comenzó a arder, allá cerca, la selva. Un crepitar salvaje crecía desde las copas súbitamente resecas, el viento se empecinaba en difundir las piras en medio de torbellinos furiosamente anaranjados, y él se llevó una mano al rostro y soltó un sonido breve, distinto. Algo bruñía en algún sitio entre la mirada y la boca. No esa andanada de alaridos que tanto servía para convocar o espantar, no; otra cosa. Intentó recobrar esa voz y no pudo. De pronto, un velocísimo espasmo de luces reiteradas se agitó de uno a otro extremo de la planicie, bajo las siluetas oscuras que avanzaban sobre el aire, cegándolo, y el primer golpe le dio de lleno en la frente y lo quitó del letargo. Un segundo golpe chocó contra un párpado y se pulverizó en astillas de agua. Al cabo, las nubes derretidas soltaron su carga de lluvia, que convertida en un solo y compacto bloque venía a calmar el tormento de los pastos, a corregir la torpeza del fuego, a reanudar el orden.
De cara a la lluvia, logró desprenderse a un tiempo de la sed y el miedo. Cuando volvió a mirarse, descubrió que su pelaje se aplastaba y adquiría el tinte de la tierra húmeda, inusitadamente brillante, mientras le iba corriendo por debajo un escozor que en un reflejo lo llevó a frotarse con furia. Por fin, aterido de frío, descendió hasta su hueco en el árbol.
Miró alrededor. Estaba solo.


IV- El cosmos

Giran los astros en órbitas ceñidas, apretadas, y en el centro reina el disco monumental y amarillo, colgado en el aire iluminado de la noche. Extiende su luz de sosiego, apacigua el andar encabritado de los vientos, enmudece el pulso de la tierra.
Ha subido así, ya gigante y nacido de las aguas, y desde allí en lo alto esparce sus gotas de silencio, suelta su mirada pacífica de dios en reposo.
Quieto, enteramente fascinado en lo alto de su atalaya, él acerca una mano abierta y lo sostiene. Hunde sus dedos en los cráteres (ese dibujo que han trazado los años cayendo por millones) y los retira manchados de luz. Busca, sin hallarlos, los ojos de ese animal amistoso, persigue los surcos sinuosos que le atraviesan la cara, quiere aplacarle ese dolor de náufrago que ostenta.
Aúlla. Y en ese aullido que recorre las vetas perforadas de lo que ha quedado de la selva está soltando los añicos de su propio abandono, sumando su soledad a la soledad de un mundo que ha dejado de ser, un mundo que recién ahora comienza a conocer.
Nada se mueve, nada se oye.
Y la luna sigue creciendo...

(Fragmento)